Lasarte, Francisco. “Mas allá del surrealismo: la poesía de Alejandra Pizarnik”
Pizarnik no logra convencerse de que sus palabras puedan otorgar validez a la empresa poética. Esta duda la acompaña desde sus primeros poemas y, con creciente influjo, va apoderándose de ella hasta imponerse como el tema central de su poesía pp. 867
La búsqueda de la perfección del lenguaje preocupa a Pizarnik a trabes de toda su obra. Sabe que el dominio y entendimiento del lenguaje es inalcanzable “no comprendo el lenguaje y es lo único que tengo. Lo tengo si pero no lo soy” pp. 872
El amor como tema cede el paso a la creación poética en la obra de Pizarnik. En sus últimos poemas a penas se menciona el ser amado y su vacío se llena con la creación literaria pp. 872
Pero quien me dará la respuesta jamás usada
alguna palabra que me ampare del viento,
alguna verdad pequeña en que sentarme
y desde la cual vivirme
alguna frase solamente mía
que yo abrace cada noche,
en la que me reconozca,
en la que me exista (“Origen”).
A pesar de sus dudas, la escritora no pierde la esperanza de un rescate a través del discurso poético. El lenguaje aún promete vida y amor. Y promete un lugar protegido del viento y de sus estragos. ¿Qué motiva la búsqueda de un refugio? El miedo, como anuncia Pizarnik en un poema tardío: “voy a ocultarme en el lenguaje/ y por que/ tengo miedo” pp. 874.
El deseo de ocultarse del lenguaje se manifiesta en su poesía a través de las muchas imágenes que hacen de la palabra (y del poema) un recinto o cláustro literal. Lo que protege puede ser una “pared”, un ‘jardín”, una “casa”, una “choza” o un “palacio”, según el grado de seguridad o inseguridad que Pizarnik delate en su relación con el lenguaje. Escribir, pues sería re-construir una precaria realidad poética, precaria porque el lenguaje es incapaz de ofrecer la protección que la poeta busca.
No es esto, tal vez lo que quiero decir. Este decir y decirse no es grato. No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este poema es posible que sea trampa, un escenario más.
Lejos de ser el lugar de la “resurrección”, el recinto poético es una mera tramoya, “un escenario mas” pp. 874. Batallando sin cesar con un “lenguaje roto” y con el proceso de “poco a poco reconstruir el diagrama de la irrealidad”, en sus últimos poemas Alejandra Pizarnik se va rindiendo gradualmente al lenguaje, más poderoso que ella. Y si esto significa dejar que el poema “se escriba como quiera” y reconocer la profunda influencia de un “surrealismo innato”, que también significa sentirse más escindida y más enajenada que nunca del quehacer poético. A manera que afloran en el poema “elementos de las sombras interiores”, un discurso ajeno va imponiendo su voz, de modo que la poeta piensa que no es ella quien controla la palabra:
Hablo como en mi se habla. No mi voz obstinada en parecer una voz humana, son la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque (875).
La “otra” habitante del bosque y antagonista de la niña inocente refugiada en su choza, es a la vez imagen de un lenguaje poético autónomo. … La enajenación del quehacer poético se manifiesta aquí de modo tajante. Ha perdido su autenticidad la voz de la poeta, puesto que las “damas solitarias” se han apoderado del discurso, ahora distante y escuchado como algo aparte.
En sus últimos poemas Pizarnik reconoce la independencia del lenguaje. Dice por ejemplo, en un largo texto:
Escucho mis voces, los coros de los muertos. Atrapada entre las rocas, empotrada en la hendidura de una aroca. No soy yo la hablante: es el viento que me hace aletear para que yo crea que estos cánticos del azar que se formulan por obra del movimiento son palabras venidas a mí. (Piedras de locuras).
Una vez más la poeta disocia la empresa poética. Aquí, sin embargo, lo hace más decisivamente, ya que la responsabilidad de la escritura no recae en “otra” -la que sería al fin y al cabo reflejo de la poeta misma-, sino en un agente impersonal: el viento. La “casa del lenguaje”, siempre indeleble recinto, ha sido arrasada. Su lugar lo ocupa una pétrea prisión, donde la poeta, paralizada e indefensa, no es más que el instrumento a través del cual expresan su arbitrario decir “las fuerzas del lenguaje” pp. 875
El viento, imagen de destrucción y desamparo, es el verdadero (y único) hablante, y escuchar su voz significa estar cerca de la muerte. Muerte poética, entonces, en vez de una “resurrección” mediante la palabra. Y en vez del “éxtasis”, del “lenguaje sin limites”, de la “aventura total”, una experiencia mínima y despersonalizadaza. En Árbol de Diana, libro publicado unos años antes, ya había Pizarnik anticipado su último desengaño al escribir:
Días en que una palabra lejana de apodera de mi. Voy por esos días sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta, se cuenta casos y cosas: nido de hilos donde me danzo y me lloro en mis numerosos funerales (AD)
Rendirse al lenguaje –abandonarse al fluir de la poesía- sería caer presa de una trampa, en un a suerte de telaraña hecha de palabras donde la poeta, reducida a una “hermosa autómata”, moriría no una, sino muchas muertes textuales pp. 875-76
¿Es la figura de la “hermosa autómata” una oblicua alusión al supuesto automatismo de la poesía surrealista? Es difícil precisarlo. Lo seguro es que el surrealismo y el concepto del discurso poético crean en ella un conflicto. El deseo de escribir “poemas terriblemente exactos” y la atracción de dejar que el poema “se escriba como quiera escribirse” coexisten en fundamental oposición por toda la poesía de Pizarnik pp. 876
el centro
de un poema
es otro poema
el centro del centro
es la ausencia
mi sombra es el centro
del centro del poema (DP)
Con esto Pizarnik acepta la imposibilidad de fundir ser y palabra. En vez de “exactitud” tenemos aquí ambigüedad, un poema “terriblemente inexacto” que anuncia el triunfo de “las fuerzas del lenguaje’. La irrealidad no tiene ni centro ni origen. Si el centro del poema es otro poema, entonces la poesía genera una serie infinita de textos que jamás conducirá a una realidad… Además esta ‘aproximación’ es un poema en constante movimiento, un texto que se escribe a sí mismo. .. Así, entonces deja Pizarnik que el poema “se escriba como quiera escribirse”, formando verdaderos “cánticos al azar” pp. 876-7
1 comentario
Febrero 14, 2009 a las 4:07 pm
los poemas de Pizarnik están lejos de ser escritura-automática. hay un trabajo del lenguaje que sigue al estilo mallarmeano y que sí, resulta paradójico, si tenemos en cuenta la admiración por el surrealismo que profesaba Pizarnik y que influyó en su veta plástica.