Advertencia: Éste es un resumen prácticamente textual del libro
La unificación española coincidió con el despertar renacentista de las conciencias nacionales en Europa. En España hubo muchos que empezaron a llamar el Castellano español como muestra de una nación unificada. Aunque ya la palabra se había utilizado en la Edad Media ahora adquiría otros matices históricos y culturales. Sin embargo, se siguió utilizando castellano porque según Alonso, ¨un arcaísmo no necesita más que la justificación que su propia continuidad y, sin duda, a esta fuerza de inercia debemos más que a nada la conservación secular de castellano –conviviendo con español- aun en las regiones españolas de la antigua Castilla. (14-15).
El neologismo español, en el siglo XVI correspondía a un nuevo contenido plasmado con los efectos y con los intereses vitales de los hablantes. Este sentido era, por un lado ¨ultra castellano¨ por hablarse también fuera de Castilla, y por otro ¨supra castellano¨, como de rango superior, aunque el seguir usando el nombre viejo no era, de modo alguno impugnar el nuevo sentido. Sin embrago, el idioma se sintió más vivamente aludido con el nuevo nombre de español. (17).
Nueva conciencia de nacionalidad
El nuevo sentido está engranado con la visión de la magna entidad nacional. Era pues el español el idioma de la nación porque castellano le quedaba pequeño.
Nebrija justificó la necesidad de una gramática en castellano en la víspera de los viajes de Colón, ¨… Vuestra Alteza metiese debajo de su yugo muchos pueblos barbaros y naciones de peregrinas lenguas, y con el vencimiento aquellos tendrían necesidad de recibir las leyes que el vencedor pone al vencido, y con ellas nuestra lengua, entonces por esta mi Arte podrían venir en el conocimiento de ella, como agora nosotros deprendemos el arte de la gramática latina para deprender el latín¨ (18). De este modo, quedaba establecida la analogía del español y el latín como lenguas imperialistas. La identificación de las cualidades del español con las del latín era fuerte argumento con que los españoles proclamaban la superioridad cualitativa de su lengua sobre las demás neolatinas, ya que era una especie de dogma renacentistas –que resuena todavía en Schopenhauer’ el ver en el latín la suma y perfección a que puede llegar una lengua humana, y, por lo tanto, valía el criterio –también en Schopenhauer, que lo utiliza a favor del alemán!- de que una lengua era tanto mejor cuando más se asemejaba a las condiciones gramaticales del latín. (18)
La exaltación de la lengua nacional frente a la de otras naciones estaba reclamando para ella un nombre alusivo. Carlos V pronuncia un discurso en Roma ante el Papa en su propia lengua, de lo que un obispo se quejó por no entender, y Carlos V le contestó: ¨Señor obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mi otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana¨ (20).
Los españoles en el extranjero
Los españoles que se encontraban en el extranjero en el siglo XVI siguen hablando de la superioridad del idioma nacional, y lo identifican como español. Español es hermano del neologismo patria que aparece también en el siglo XVI en España, y en el resto de Europa con un sentido supraregional de la tierra natal (30).
La nueva forma interior del lenguaje
Lo nuevo era la forma interior, la perspectiva con que ahora se veía el objeto, el punto y modo con que el interés de las gentes por su lengua se enganchaba en sus intereses por otras cosas de la vida, el principio ordenador categorizado por el cual una significación recibe su pleno sentido, su alcance y sus límites de la referencia que hace a oras significaciones (31). El nombre castellano había obedecido a una visión de paredes peninsulares, de adentro; el de español miraba al mundo. El castellano había sido el nombre para distinguir el habla de los castellano de la de otros mientras durante el proceso de constitución nacional, hasta que España logró articular sus regiones en una nación unida; español empezó a extenderse en seguida de alcanzada la unidad nacional (31).
Los extranjeros ante nuestro idioma
El español se hace internacional como lengua del Imperio: el instrumento de comunicación del Imperio, de su administración, de sus conquistadores y navegantes, el habla que España trasplanta al Nuevo Mundo –la de cristianizarlo y europeizarlo- y que extiende por África, por el extremo Oriente, y en fin, la lengua de su gran literatura.
Así vemos que la historia de los nombres de nuestra lengua en el siglo XVI, con el progresivo predominio de español, está engranada con la índole de la cultura europea de la época, en cuya fisonomía el sentimiento nacionalista, alerta para los antagonismos, es uno de los rasgos nuevos más decisivos. El sentimiento de nación y la visión de las lenguas como instrumentos nacionales se manifiestan aquí en actuación, como generales a la Europa del siglo XVI y no como privativos de la España recién engendrada (41).
Celos regionales
Los españoles de diferentes regiones al decir castellano indudablemente pensaban en ¨algo de Castilla¨ por tanto no suyo; esto denotaba un celo regional, eso explica que se empezaran a hablar de español para referirse a su idioma y no castellano porque les aludía a Castilla. Sin embargo, éste no es el caso entre los hispanohablantes de la península como de Hispanoamérica, para quienes castellano y español constituyen sinónimos para identificar su lengua sin necesidad de reparar en ¨lo castellano¨ (48-9)
Perduración de castellano
Castellano, pues significa en Valdés, de entre todas las variedades españolas del idioma, aquella más prestigiosa, más propia, más conforme a la tradición, y adoptada en el uso de la corte. Una perspectiva que veremos triunfar dos siglos después con la Academia (51-2). (Hoja perdida en la edición que usé).
La lengua poética y la lengua oral
Herrera defiende el lenguaje poético aunque los poeta no sean cortesanos (64-65).
La lengua literaria está siempre en formación y renovación, hechura de todos los escritores de gusto, no mana de un lugar determinado sino de donde quiera que aliene y escriba un poeta de poder expresivo es lengua española y no castellana, y como lengua española del arte se ofrece por modelo de la lengua hablada de toda España. (68). Herrera se manifiesta firme en su concepción nacional del idioma… Herrera tiene toda su fe puesta en la lengua de los poetas y se aparta del habla del vulgo negándole toda autoridad (68).
Ambrosio de Morales, Herrera y Fray Luis de León
Aunque Herrera rechaza con energía lo vulgar y niega al vulgo el derecho de entrometer sus formas de decir en la buena lengua, esta actitud aristocrática no tiene carácter social, pues ya le hemos visto rechazar el dictado de la Corte…. Su aristocratismo lo es del espíritu, y más ceñidamente del arte. Herrera envuelve toda creación aceptable del idioma en condiciones estéticas: las voces extrañas y nuevas han de ser limpias, propias, significantes, convenientes, magnificas, rítmicas y de buen sonido (69).
Por aquellos años Fray Luis defendió y profesó el ideal artístico de la lengua y separó cuidadosamente el hablar del vulgo del que se ajusta al arte (69). Fray Luis y Herrera son en estas ideas deudores de uno de los más finos y clarividentes espíritus que en el siglo XVI tomaron la defensa de nuestra lengua: el sevillano Ambrosio de Morales (70). Es admirable cómo Ambrosio de Morales distingue con soltura y tino lo que el lenguaje tiene de comunicación del pensamiento racional, lo que tiene de eficacia para mover la voluntad del oyente y lo que tiene de deleite estético (70). Los libros de Ambrosio de Morales recogen su argumento de los retóricos latinos. Toda la armazón argumental del Discurso puede recomponerse con las ideas de Cicerón y Quintiliano, especialmente. Pero es porque Morales quiere presentar su tesis armada de toda la fuerza que le da la autoridad de los latinos, pues el pleito era entre castellanista y latinistas, entre los que defendían la lengua vulgar como adecuada para la exposición de los temas más altos y los que proclamaban el privilegio de la lengua latina para el trato de las cosas graves (73).
Lo nacional y lo regional
Herrera rechaza de Castilla que no haya recibido de la literatura el decoro necesario para ser general, lo que defiende de Andalucía no es lo exclusivo y terruñero, sino las creaciones y el uso de sus mejores poetas (76). Castilla y toda España, se honra con los buenos escritores de cualquier provincia. Herrera no opone un andaluz a un castellano; ambas regiones, y todas las demás de España hablan una lengua común, la española. En esta lengua nacional, el uso global, ni siquiera el coloquial de una región, no es la vara de medir; la instancia está en la literatura nacional donde las creaciones de los más capaces son o no consagradas por el gusto artístico general de los mejores (77).
Las ideas lingüísticas de Herrera
- La lengua no es un arsenal listo que se hereda y se maneja; es una perpetua formación
- Los actos de creación no implican menoscabo del tesoro lingüístico heredado. Crear lingüísticamente es crear continuando; la creación arbitraria, de espalda al sistema y a la comunidad es pura destrucción; la creación dentro del sistema es continuidad, es decir, tradición, historia
- Los poetas hacen las creaciones, la masa las adopta: los poetas traen los modos extraños nuevos a la lengua.
- En las sociedades de madurez cultural, la lengua literaria es el dechado de la oral y la eleva de nivel al atraerla hacia sí. El ideal artístico es el supremo en la lengua (77-78)
Herrera llama la lengua, española, dejando castellano para designar aquellos usos apegados al terruño de Castilla, sin suficiente dignidad literaria y sin alcance general. La lengua literaria, en cambio –y oral culta en cuanto se le acerca- está libre de toda sujeción geográfica (79)
Siglo XVII: Sevilla y Salamanca contra el ideal cortesano
Al igual que los anteriores Juan de Robles discierne también entre la lengua artística y la de los quehaceres diarios, pero al no ser poeta le reparte a cada cual sus fueros: ¨En el inventar vocablos se ha de mirar si se inventan por necesidad o por aumento y lustre de nuestra lengua, porque se ha de tener diferente consideraciones diferentes consideraciones en lo primero que en lo segundo.¨ Asoma en Robles la noción de la lengua herreriana como una que está siempre en constante evolución y nunca hecha (80-1).
Aunque Robles no tiene sus ideas tan nítidas como Herrera, si plantea y resuelve el conflicto entre castellano y español con la misma perspectiva y más explícitamente: el viejo y tosco romance castellano ha nacido del latín; el español ha nacido del castellano, y se ha constituido ¨de cien años a esta parte¨; bueno que el español sea hijo del castellano, pero el padre, tras de dotarlo, ha quedado más pobre que su opulento hijo y casi vive de él. (81)
El idioma de la gran literatura nacional es a su vez nacional, español, no sólo como instrumento general de comunicación, sino por obra común de cultura (82).
Correas se adhiere a las ideas de los anteriores, pero su argumento es mucho más templado. Defiende a capa y espada la diversidad dentro de una misma lengua. Las ideas de la diversidad del lenguaje dentro de una misma lengua, que tienen un aire tan moderno y que serian suscrita sin reserva alguna por un Charles Bally, no son de Correas, sino del cordobés Bernardo de Aldrete (83).
Ni la resistencia de Correas a los modos cortesanos, ni su apropiación de las ideas de Aldrete sobre la diversidad de lenguajes regionales, sociales, profesionales e individuales, dentro de la lengua general, ni sus gustos arcaizantes determinan que nombre ha de preferir para la lengua (85). Según Correas, ¨Lengua se llama la habla y lenguaje de cualquier nación. La nuestra se llama Castellana, porque se habla y es propia en Castilla, nación principal de España, la mayor y más mediterránea, y de ella se extiende a las otras provincias, hasta a las que tienen diferentes dialectos.¨ Reaparece aquí más explícitamente, la idea de abolengo y de un solar propio del idioma, que asomaba en el anónimo de Lovaina de 1555, y que será uno de los motivos decisivos para que en el siglo XVIII vuelva a preferirse el nombre de lengua castellana; y justificar el otro nombre, más ambicioso, de española. Para Correas el hecho de que el castellano se extendió hasta otras provincias con diferentes dialectos, la capacita para ser llamada la lengua española; también subyace la antigua idea nacionalista de asociar cada nación con su lengua, y que veía en el idioma propio la expresión y la cifra de todas las excelencias nacionales (86).
Durante el siglo XVII, aunque nunca se abandona el castellano por completo, español es el de uso más frecuente. Todavía hay algo de aquel sentido animador que hizo brotar el neologismo español, pues si España no aspiraba ya configurar el mundo, defendía todavía su puesto de privilegio en un mundo configurado, y la idea de la España grande resonaba y se espejaba por todas partes. También los escritores en vez de pensar, como Herrera y Fray Luis, que están perfeccionando un idioma tosco, creen que lo tienen ya perfecto, y de esa creencia va a nacer la idea del purismo como programa de conducta…. Español ya va teniendo algo de tradicionalismo y de repetición habitual. Como sucede siempre en la historia espiritual de las expresiones, el sentido vivido actual arraiga y se apoya en el humus y escoria de significaciones muertas (89)
El siglo XVIII el nuevo valor de castellano: La actitud académica
Castellano ya no es ahora mero arcaísmo que perviva por la fuerza de la tradición, sino que se va llenando de nueva significación intencional. La Academia, que se hace llamar Española, publica su primera y más grandiosa obra con el título de Diccionario de la lengua castellana, Madrid 1726-1739, conocido por Diccionario de Autoridades. El discurso proemial sobre el origen de la lengua castellana se dice: ¨La lengua Castellana que por usarse en la mayor y mejor parte de Espana, suelen comúnmente llamar Española los extranjeros…¨ (90). A pesar de ser la lengua general de los españoles, a pesar de verla en perspectiva internacional, y en parangón con las otras, se encuentra ahora mejor llamarla castellana, porque en Castilla se formó y porque en Castilla es donde, por lo general, se habla mejor (90).
Razones eruditas
Se sitúa en Castilla el lugar propio del idioma; ya con eso tienen legitimidad en le lengua los modos de Castilla, mientras que se imitan y reducen a peculiarismos sin validez extra regional los modos de los otros reinos (que lejos queda Herrera y que cerca Valdés) (91).
La instancia historicista, que decide ahora en el ánimo de los entendidos, se expresa más explícitamente en la doctrina ortográfica. Desde Nebrija (y esto no lo contradice Valdés) había sido en España casi un dogma ortográfico el lema ¨escribir como se pronuncia¨ (heredado de Quintiliano), y las numerosas ortografías tratan de ser fonéticas. Pero al instituirse la Real Academia, ha madurado y triunfa con ella un criterio etimologista, esto es, erudito e historicista, antes muy raro. Y entonces, es cuando se generaliza entre nosotros la ortografía que distingue según la etimología latina el uso de la b y de la v, y de la g y de la j, y de la h, y que restablece los grupos consonánticos latinos en palabras como signo, acción y aptitud, rector. La procedencia es razón de legitimidad y, en concordancia, se prefiere llamar castellana la lengua común de los españoles (92).
Purismo y patriotismo
Este movimiento se fragua en Francia, y sus doctrinas pasan a Italia y España junto con un aluvión de galicismos. Y la adopción de los puntos de vista franceses sirve a las otras naciones para defenderse contra la invasión de las palabras extranjeras. El casticismo, aliado del purismo, y casi identificado con él, repele tanto los extranjerismos como los neologismos en nombre de lo originario nacional, de lo largamente tradicional, de lo genial y más especifico de la lengua propia. Uno de los fines de la Real Academia Española es contener los galicismos. En España los ¨casticistas¨ se oponían a los ¨afrancesados¨ (96-97)
Fijar la lengua
Fijar la lengua no es una frase al pasar, pues la idea se introduce en el lema de la Academia: ¨limpia, fija y da esplendor.¨ Y se la fija según el nuevo criterio purista, identificado con el casticista. Los castizo se remonta otra vez a lo castellano. Lo castizo se identifica con lo que es ¨puro castellano¨, por dos razones: una es la ya dicha del origen regional y en esto se opone a la concepción nacional y funcional del idioma, personificada en Herrera; la otra es parcialmente solidaria de la actitud herreriana: la buena lengua de los españoles, moldeada sobre la lengua literaria. Pero las circunstancias han cambiado. El español trasplantado a Andalucía, Extremadura, Murcia, Canarias y América ha adquirido características dialectales. Y ante la fragmentación dialectal se buscaba la unidad. La unidad todavía identificada con la lengua común y nacional y que tiene su más alta expresión en la lengua literaria, pero que ahora necesita contrastarse con el uso de Castilla, en parte por derechos de herencia, pero también porque Castilla se ha mantenido más fiel que las demás regiones al ideal común. Donde mejor se habla el español –se alega- es en Castila. La Academia atenta a limpiar y fijar el idioma, y a consignar sus formas más puras y castizas, se quiso atener al uso castellano del español (98-99). Estas ideas dieciochescas íntimamente ligada al ideal de otras formas de la convivencia, eran principalmente el centralismo unificador, con su corte castellana; el empeño casticista que pone su última instancia en el origen castellano de la lengua y el propósito purista que para detener la corrupción disgregadora, apela a la referencia más precisa y más segura de Castilla; por último la índole erudita, racionalista e historicista de aquel siglo, que se satisfacía más, por estos motivos, llamando a nuestro idioma castellano (100).
Castellano, el español de Castilla
La posición de Mayans es clara, razonable y muy de gente moderna: se refiere a la lengua oral como instrumento de intercomunicación. Español es el idioma no sólo estadísticamente más usado por los españoles, sino el campo común en que se encuentran para entenderse los regionales de distintos idiomas. La aceptación del castellano por todos los españoles como instrumento supraregional de comunicación, es lo que le da categoría de español. (102). En el pensamiento de Mayans se ha borrado aquel impulso imperialista y aun aquella perspectiva internacional que doscientos años antes dio tanta circulación al neologismo español; también se ha borrado hasta la sombra del recelo anticastellano que desde mediados del siglo XVI, fue otro de los factores favorables al uso del neologismo. Lejos de verse los dos nombres en oposición, se contemplan en superpuesta jerarquía: el castellano asciende a español sin dejar de ser castellano.
Para la Academia contemporánea de Mayans, el nombre de castellano lleva dentro de sí el de español (español de Castilla), la opuesta conducta de la Academia con su castellano y Mayans con su español no supone otra oposición en el conocimiento de los hechos, sino una diferente estimación de ellos una diversa preponderancia del interés. Mayans, queriendo que el nombre aluda explícitamente a la Koiné, a la adopción de un idioma general por todos los españoles, lo llama español; la Academia, en cambio, lo llama castellano, queriendo que el nombre aluda explícitamente al abolengo, y, sobre todo, a la necesidad de centralización para obtener la unidad (103-4)
Celos regionalistas
Menéndez Pidal prefiere llamar nuestro idioma español pues todas las regiones colaboraron en la perfección de la lengua literaria. El castellano lo reserva para el poema de Mío Cid compuesto cuando la nación no se había unificado. Castellano suena geográficamente restringido, y está bien para designar los particularismos de Castilla. Poco tiempo después, la Academia, cambia de conducta y la Gramática (1924) y el Diccionario (1925) ya se titulan ¨de la lengua española¨ (109-10). Al igual que en el siglo XVI el celoso amor regional se sintió herido por el nombre de castellano, ahora se siente herido por el de español. Ante la adopción de español por la Academia hubo protestas varias procedentes de las regiones bilingües, protestas que de cuando en cuando se repiten todavía (110).
Denominar español al idioma en que se entienden los españoles de todas las regiones es una designación lingüística; denominar al vasco, el catalán y el gallego como idiomas españoles es una designación geográfico-política (111). Así como en el siglo XVI el neologismo español triunfo porque se vio el idioma referido a una esfera de objetos constituida por los idiomas nacionales, así los bilingües de hoy vuelven a castellano en cuanto se refieren a una esfera de objetos constituida por lenguas peninsulares. Ni aquella referencia obedecía ni esta obedece a razones dialécticas, sino a afectos, impulso, fantasías, anhelos (112).
En América: Preferencia por castellano
En América tanto en el campo como en la ciudad se prefiere castellano a español. Algo debe contar en esto lo reciente de la vida verdaderamente urbana de América, cuyas grandes ciudades –salvo muy pocas- eran en 1800 pequeños poblados de vida semirrural: el arcaísmo ¨castellano¨ sostenido por la fuerza de la tradición. Los conquistadores y los colonizadores hablan de Castilla y del Rey de Castilla más que de Espana, como se ve en las crónicas. Aunque también existen los motivos que se relacionan con la vida espiritual de los americanos que los llevan a sentir predilección por castellano (113-14).
Gramática y maestro
Los más ilustre gramáticos y filólogos americanos, aunque sin polemizar, de hecho, han preferido decir castellano, porque su posición ante la lengua es muy análoga a la que tuvo la Academia en el siglo XVIII (114-15). La idea de lo propio e impropio en nuestra lengua, el anhelo de unidad lingüística, la identificación del solar originario de la región actual que más fiel se mantiene a las leyes del idioma, la atención a regiones que hacen buen uso y a regiones que hacen mal uso del, y a la desigual aproximación de la lengua oral a la literaria en las distintas zonas hispánicas, en suma, las ideas dominantes de propiedad y casticismo, defensa contra la amenaza de fraccionamiento y contra la merma de calidad en la lengua son los impulsos primordiales que se manifiestan en la preferencia de estos espíritus selectos por el nombre de castellano. Una actitud académica en la mejor acepción cultural de este término, con sentido constructivo y no como timorata desecación (115).
El patriotismo argentino lleva a hablar de un ¨idioma nacional¨ que se creía distinto al de España. Sin embargo, no funciona. Idioma nacional alterna con idioma argentino. Esto lleva a que en 1891 el Ministro de Instrucción dirija un circular a los rectores de los Colegios Nacionales sobre el nuevo plan de enseñanza, y aboga por la buena lengua: ¨Renunciemos a vanagloriarnos con nuestras incorrecciones; como lo repite expresamente el plan de estudios, no hay mas idioma nacional que el castellano¨ (118). Según Alonso, el que castellano sea el nombre que se elige se esconde un desdén hacia España la que se consideraba una nación extranjera (120).